martes, 9 de febrero de 2016

Simulación, redes sociales y adolescentes.

Por Lucía Gómez Franco

Si Jean Baudrillard siguiera vivo sonreiría irónicamente diciéndose a sí mismo: Me llamaron fatalista y mira cómo viven.
Pero pongámonos un poco al día de quién era este hombre y cuáles eran sus ideas sobre la sociedad en la que vivimos.


Escritor y filósofo realizó un gran aporte al estudio del consumo, los medios de comunicación y la sociedad abarcando desde la situación en Francia durante la década de los 60 hasta los 90. Con el tiempo cambió mucho su posición teórica, desde las primeras críticas marxistas a la cultura y la sociedad modernas y consumistas, pasando por varias escaramuzas con el psicoanálisis, la sociología (aunque él mismo nunca se consideró sociólogo como tal), la semiología e incluso el marxismo, hasta el rechazo de la teoría y su reemplazo por una visión del mundo muy derrotista.
Lo han tachado de hostil, intolerante, banal, generalizador y de gozar de un humor un tanto especial.
Una de sus teorías y sobre la que orientaremos nuestra reflexión es la existencia de una Hiperrealidad habitada por el hombre en la época de la posmodernidad. Baudrillard habla del reemplazo de la vida real por una “simulación” de esta, que hace extinguirse la verdadera realidad en la que vivimos. El mundo que habitamos está representado mediante símbolos instaurados por la era moderna y consumista. Símbolos enfundados en una semiótica establecida por la sociedad que no son reales pero que ansiamos y queremos alcanzar, que necesitamos conseguir para ser felices y sentirnos plenos. De esta manera se acaban entremezclando la veracidad, lo real y lo ficticio e inexistente haciendo que el ser humano se sienta débil, sólo, individualizado, perdido y alineado...

(Fragmento del documental Zeitgest y perteneciente a la película Network, un mundo implacable (1976))

En el día a día se observan modos de vida que atraen, personas con éxito, con dinero, y felicidad asociada a todos estos factores. Hay que alcanzarlos para sentirse completo. Los medios, la publicidad nos muestran necesidades que aseguran la felicidad y la vida plena a quien los posea. Un televisor (cuánto más grande mejor), un buen coche, una casa, un móvil de última generación...
Cuánto más poder, cuánto más se posea más feliz conseguirán las personas ser. Lo material traerá la plenitud personal y social. Esos ¨símbolos¨ de los que nos habla Baudrillard están adulterados, exponenciados, difícilmente pueden alcanzarse. Estamos destinados a un constante sentimiento de “ no realización”. Guy Debord también afirma que los objetos se van alejando de su realidad, adquiriendo un “valor” cada vez más alejado de su uso y corporeidad. En “La sociedad del espectáculo” habla de ese “espectáculo” que hace mutar silenciosamente el concepto real de las ideas de manera que poco a poco las admitimos e interiorizamos:

“El espectáculo no es un mero añadido del mundo, como podría serlo una propaganda difundida por los medios de comunicación. El espectáculo se apodera, para sus propios fines, de la entera actividad social. Desde el urbanismo hasta los partidos políticos de todas las tendencias, desde el arte hasta las ciencias, desde la vida cotidiana hasta las pasiones y deseos humanos, por doquier se encuentra la sustitución de la realidad por su imagen. Y en ese proceso la imagen acaba haciéndose real, siendo causa de un comportamiento real, y la realidad acaba por convertirse en imagen”

(Captura de la película de John Carpenter "They Live" (1988))
Distan casi 50 años de las ideas de Baudrillard y Debord. Estos en función de la publicidad, los medios de comunicación habían establecido una serie de teorías que parecían sacados de un libro de vaticinios. Lo que nunca esperarían es que algo mucho más grande exponenciaría todas sus teorías sobre la sociedad de consumo y la forma de relacionarse : las redes sociales.
Se nos plantea un lugar dónde el simulacro cobra total importancia. Ya no son otros los que simulan nuestra propia realidad (que lo siguen haciendo igualmente), si no que somos nosotros los que gozamos de la “libertad” de elegir aquello que queremos vivir. Baudrillard también hablaba de cómo en la posmodernidad se le ofrece al consumidor entre varias opciones y se cae en la falsa concepción de que el concepto de libertad reside en la posibilidad de elegir. Y lo hacemos, elegimos cómo queremos que los demás vean como somos, cómo es nuestra vida y cómo nos relacionamos.
Manipulamos, editamos y coproducimos nuestro propio ser. Estudiamos aquello que queremos que otros sepan, modificamos nuestra vida en función que lo que queremos que parezca, queremos que conozcan un perfil deseado y para ello creamos una ciber-realidad que construimos y reconstruimos a nuestra conveniencia. Vivimos un espectáculo de plástico.
El etnocentrismo cobra un valor añadido, todo gira en torno a nuestro valor del “yo”, a nuestro ego, como si las redes sociales fueran altares religiosos con nuestra propia imagen como si fuera un dios a venerar. Un dios que se alimenta auto-ofrendas y de nuestro personalidad en internet.


Nos enfrentamos a la Hiperrealidad de la que hablaba Baudrillard, en la que coexistimos con una virtualización del propio ser humano y del mundo en el que habita. La realidad ha sido reemplazada por una simulación de esta estableciéndose una línea muy fina entre lo veraz y lo ficticio.
Nuestros perfiles en Facebook o Instagram emulan una versión de nosotros manipulada por aquello que consumimos. Mostramos nuestras últimas adquisiciones en las redes como un triunfo, como unas zapatillas Nike por ejemplo, es un elemento semióticamente manipulado desde hace 30 años como algo “cool”, es un objeto de deseo que todo el mundo anhela. Pero no sólo mostramos lo que poseemos y lo que nos “da forma” si no que nuestros propios cuerpos o representaciones las editamos y modificamos para que también sean objeto de deseo y aceptación. Y un poco más allá de ahí queremos mostrar instantes agradables, diversión, triunfo o éxito dejando a un lado los complejos o momentos tristes. Buscamos la exclusividad y individualidad en un mundo cibernético ya que carecemos de ella en el mundo real. El deseo mediático manipula un lugar donde los ciberperfiles suplantan nuestra vida haciéndose más reales y satisfactorias. Nos retroalimentamos a base de LIKES unos a otros creando un círculo cerrado en el que no se necesita nada más y relacionarse es más cómodo y fácil de esta manera.


Repasemos la situación: Vivimos una realidad en la que no tenemos por qué relacionarnos cara a cara, en la que podamos ser quiénes queramos ser, en la que aquello que poseemos es lo que nos representa, en la que los estereotipos y las expectativas sociales son tan altas que difícilmente pueden alcanzarse y eso nos causa un desasosiego y vacío personal tan grande que sólo mediante la aceptación de otros podemos sentirnos cómodos con nosotros mismos.

¿No es esto el caldo de cultivo perfecto para un adolescente?

Que es la adolescencia si no ese momento en el que el ser humano se siente solo, necesita la aceptación del grupo, definir su personalidad, encontrar un lugar en el mundo o todo se amplifica y gana más importancia...
Miles de adolescentes en todo el mundo viven pendientes de sus cuentas en Instagram o Twitter, tanto de sus seguidores como de sus “likes”. Sus vidas son más intensas e importantes en función del número de ambas. El status social lo establecen las “k” (la letra que define los “miles”) y en función de cuántas tengan en sus redes, más atención recaerá en sus cuentas, serán más “popu” como ellos lo denominan, y por lo tanto serán respetados, envidiados y deseados. Tal es la importancia que llegan incluso a “comprar” seguidores en plataformas como Instagram. El usuario paga por un “pack de seguidores” que obviamente no son reales, y en menos de de 24 horas los seguidores se incrementan en función del pago realizado. Se paga por una vida que no es real, qué únicamente llenará los bolsillos de otros.
En sus cuentas muestran el amor que profesan por los suyos, sobre todo por sus mejores amigos o parejas, muestran su ocio, sus compras, sus miedos y aquello que les representa. Crean su vida perfecta y observan cómo evolucionan las simulaciones de sus semejantes... porque en internet todos son semejantes... (sólo les diferencia realmente el número de seguidores). Tal semejanza les atrae también ya que que músicos o famosos que idolatran también tienen sus perfiles, les hacen más cercanos y se les inculca profundamente la idea de que ellos también pueden ser un Justin Bieber o El Rubius. La fama es ipso facta en una era en la que todo va demasiado rápido con una generación que todo lo quiere en el momento.
Incluso aquellos que consiguen alcanzar tal fama como sus ídolos acaban siendo conscientes de que ese tipo de vida, realidad y forma de ganarse la vida se aleja mucho de los placeres, facilidades y felicidad que aparentemente promete.
La australiana Essena O´Neill es un ejemplo de ello. A los 12 años obsesionada con poder vivir de su imagen en internet dejó de lado su vida real para sólo socializarse con gente de internet,obtener dinero de manera fácil y hasta que no pudo seguir con esa farsa, de manera que borró casi todas las fotos de su Instagram ,editó algunos de los mensajes de las restantes y abrió una página en internet en la que reivindica e intenta concienciar a sus seguidores (más de 25k) de que esa no es una buena manera de vivir, porque directamente no se vive. También se grabó explicando el por qué de su retirada en las redes sociales:


(Video en el que Essena O´Neil, entre sollozos, relata el porqué de abandonar ese estilo de vida)

Además hay que tener en cuenta que en su ámbito existen otros factores de riesgo en el uso de las redes sociales: consciencia de la privacidad de la que carecen, uso ilegítimo de la imágenes que se envían a través de aplicaciones, ser engañados por personas que en realidad no afirman ser quiénes dicen ser en internet...
Nos enfrentamos a una generación de entre 12 y 18 años que considera el intercambio de imágenes íntimas con otros individuos como algo totalmente normalizado. Aproximadamente 10 millones de usuarios se encuentran en ese rango de edad y que afirman realizar intercambios de esa índole unos 3,6 millones, osease un 36%. Estos datos han sido tomados por el Estado Federal de Mexico, pero sirven para hacerse a una idea de la magnitud e importancia de esta situación en un mundo globalizado en el que en todos los países desarrollados gozan de los servicios que les presta internet.
Cualquier individuo tienen la libertad de compartir su intimidad con aquellos que ellos mismos consideren y deben ser conscientes de las consecuencias que pueden acarrear. El problema reside en que un adolescente no tiene sentido crítico, no es consciente de todas las situaciones que puedan acarrear: acoso, abusos, suplantación de identidad, uso indebido de información personal (cuando realizan sus perfiles hacen públicos sus nº de teléfono, lugar de residencia...).
Echemos un vistazo a los adolescentes de hoy, a comienzos del 2016, aquellos de los que hemos hablado en esta publicación, pongamos ejemplos y confesiones de ellos mismos encima de la mesa gracias a este reportaje de El País, que considero muy veraz y representativo:

http://politica.elpais.com/politica/2015/01/01/actualidad/1420136881_404916.html

¿Cómo ayudar a los adolescentes cuando nosotros mismos estamos metidos de lleno?
¿Cómo hacer que dejen de ser tan dependientes de sus móviles si nosotros mismos lo somos?
¿Cómo educarlos cuando eres un estímulo de millones que les rodean e influencian?
Nadie está exento de la manipulación de las redes sociales, tanto adultos como adolescentes, sólo que estos últimos son un target más influenciable, pero todos formamos parte de esta sociedad de plástico, deshumanizada y etnocentrista, que nos individualiza y aliena, alejándonos y desviándonos de nuestros verdaderos intereses humanos, reemplazándolos por otros. Haciéndonos sentir autónomos en una sociedad dónde la libertad está tergiversada y basada en elegir entre un Iphone o un Samsung mientras el mundo real arde. La comodidad del primer mundo es una cueva perfecta dónde nuestra prioridad es conectarnos a internet y darle a like a fotos de personas que en el fondo nos dan igual.

Bienvenidos a la sociedad del espectáculo.

Show must go on.

Referencias bibliográficas

- La sociedad de consumo - Jean Baudrillard 1970. Edit. Siglo
- Cómo nos venden la moto - Noam Chomsky 1995. Edit.Icaria
- La sociedad del espectáculo - Guy Debord 1967.Edit. Pre-Textos
- Retos de la posmodernidad, ciencias sociales y humanas - Fernando j. García Selgas y Jose B. Monleón 1999. Edit. Trotta

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