martes, 9 de febrero de 2016

La educación en una sociedad líquida

Por Cristina Valencia

Actualmente en las ciudades, y más específicamente en las de los países desarrollados, los individuos nos vemos abocados a un ritmo de vida trepidante y vertiginoso,  donde las condiciones externas cambian antes de que las actuaciones sociales para adaptarse puedan ser afianzadas y consolidadas. Nos enfrentamos así a una gran paradoja, la velocidad a la que la sociedad está obligada a moverse impide la posibilidad de detenerse a analizar y valorar dicha velocidad y lo que ello conlleva. Es en este entorno, caracterizado por la ausencia de tiempo, donde prima la cantidad por encima de la calidad, la inmediatez por encima de lo duradero y la necesidad de evasión por encima de una conciencia real.


Causa o efecto de ese ritmo de vida, las constantes y casi inmediatas innovaciones en infinidad de campos, como la industria y la tecnología, nos inducen (inducción difícilmente esquivable) a estar siempre al día si no queremos correr el riesgo de quedar obsoletos o anticuados. Se diría que somos surfistas obligados a cabalgar en la cresta de la ola de un mar en constante movimiento si no queremos hundirnos o, en el mejor de los casos, permanecer inmóviles flotando en el océano por el resto de los días.
Para adaptarnos a esa condición de evolución incesante que lleva inherente la ausencia de estabilidad o permanencia de las condiciones externas, es imprescindible remodelarnos, reciclarnos y reinventarnos a la misma velocidad a la que se suceden los acontecimientos. Para ello, y como no podemos acumular los elementos de nuestra persona que ya son inservibles (cualidades, aptitudes, preferencias, o incluso valores), debemos tener la capacidad de desechar y dejar atrás las piezas de nuestra identidad que una vez fueron las adecuadas pero que ya han sido necesariamente reemplazadas por otras.
De ahí que dicha identidad, definida por la RAE como “conjunto de rasgos propios de un individuo o de una colectividad que los caracterizan frente a los demás”, esté en constante cambio, presa de la necesidad de adaptación a un medio que parece no detenerse jamás. Quizás el filósofo y escritor Ralph Waldo Emerson, líder del movimiento del Trascendentalismo , no podría resumirlo mejor al afirmar que “cuando patinamos sobre hielo quebradizo, nuestra seguridad depende de nuestra velocidad”.
A lo largo de la historia gran número de escritores, estudiosos y teóricos han descrito en sus textos las tendencias o movimientos sociales que se generan debido a la necesidad de una constante adaptación al medio. Lao Tsé, filósofo oriental del desapego y a quien se le atribuye la autoría del libro Tao Te Ching  (obra esencial del Taoísmo), afirmaba que “el camino" puede verse como el cambio permanente y éste es la verdad universal. El escritor Ítalo Calvino describía en Las ciudades Invisibles  una sociedad en la que sus habitantes,  al caer presos del hastío, incapaces de soportar su trabajo, a sus parientes, su casa y su vida, “se mudan a la ciudad siguiente” donde “cada uno de ellos conseguirá un nuevo empleo y una esposa distinta, verá otro paisaje al abrir la ventana y dedicará el tiempo a pasatiempos, amigos y cotilleos diferentes”. Por otro lado, el sociólogo y filósofo Zygmunt Bauman acuña el término “sociedad líquida” para definir a una sociedad en constante cambio que, al igual que el estado líquido (y opuestamente al sólido), es incapaz de mantener una forma determinada. En ese panorama, afirma Bauman, la victoria será para las personas ligeras, volátiles, ágiles (se sienten como en casa en muchos sitios pero en ninguno en particular), que aceptan la desorientación y son inmunes al vértigo, que están adaptadas al mareo y toleran la ausencia de itinerario, dirección o indeterminación de duración del viaje.


Y en semejante escenario se abre una irresoluble pregunta: ¿cómo debería ser la educación para un futuro tan desconocido y variable? Cierto es que en la actualidad se está viviendo un momento de cambio (o por lo menos un intento de él) en el sistema educativo: surgen nuevas teorías del aprendizaje, se redefinen competencias, se programan nuevos objetivos y se investiga en innovadoras metodologías. Pero estos intentos de reformular la educación se encuentran con numerosos obstáculos, el principal de ellos es el desconocimiento del futuro inmediato y de las necesidades de las generaciones venideras. El miedo al cambio y a lo desconocido podría ser un denominador común entre los detractores de las nuevas fórmulas, que parecen resistirse a la obviedad de que la sociedad ha evolucionado drásticamente desde el S. XIX, y con ella debería haber evolucionado también el sistema de enseñanza-aprendizaje implantado en aquellos tiempos. Si bien nos encontramos ante un horizonte desdibujado, lo que sí sabemos con certeza es que el índice de abandono escolar (cerca del 24% en España según la OCDE para el año 2014-2015) es inaceptable pero comprensible. Comprensible porque la naturaleza y entorno del ser humano ha cambiado y no con él las aulas, en las que seguimos observando, salvo en centros excepcionales, la misma disposición de los elementos, estructuras jerárquicas, contenidos, metodologías, gestión del tiempo y recursos que los empleados (y de manera adecuada para aquella época, nadie lo niega) en la revolución industrial. Los alumnos del S.XXI padecen cada día el hastío, la monotonía y la desmotivación que generan un sistema educativo obsoleto e inadaptado a las nuevas necesidades sociales. No se trata de eliminar la importancia de proporcionar conocimiento e información al alumnado, de potenciar una conducta impulsiva y carente de atención (según George Meirieu, en Carta a un joven profesor, los niños y adolescentes pasan un promedio anual de tiempo mayor ante el televisor, mando a distancia en mano, que en la escuela, lo que supone que en las clases reproduzcan el hábito del “zapeo” cuando algo no les interesa, dificultando así una atención continua hacia el docente). Se trata pues de que los contenidos a impartir y las competencias a desarrollar (adaptadas a los tiempos que corren) sean llevadas a cabo de manera más eficaz, generando la curiosidad y motivación de los alumnos por aprender, conscientes ante todo de las aplicaciones prácticas y beneficios que su formación les puede proporcionar. Y puestos a pedir, no estaría fuera de lugar el hacer del entorno escolar un lugar menos inhóspito para todos.
Para los deseosos de la evolución del sistema educativo, entre los que se encuentra una servidora, y a pesar de las incertidumbres que se generan ante el vertiginoso ritmo de cambios sociales frente al que nos encontramos, no puedo decir más que:

DISCULPEN LAS MOLESTIAS, ESTAMOS TRABAJANDO EN ELLO.

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