domingo, 10 de enero de 2016

Reflexiones a partir del "Libro Blanco"

Por Adrián Valle

Los medios de comunicación se han encargado de que seamos conscientes de que en España actualmente vivimos un momento de emergencia educativa. Los distintos gobiernos de los últimos años han sido tímidamente conscientes de esto y se han dedicado a legislar distintos documentos que han sido aceptados con mayor o menor éxito por la población, pero que de ninguna forma han contribuido a un cambio sustancial de los planteamientos generales de la educación.
Nos sentimos de alguna forma atraídos hacía el cambio por el cambio. Si bien una mirada más atenta puede descubrir con facilidad que algunas de las medidas que se batallan en el parlamento suelen tener ciertos añadidos, no tan centrados en mejorar la educación, y que sólo tratan de contentar a buena parte de los votantes del partido de turno. Este juego de reformas absurdas desde luego que no hace ningún favor a nuestra sociedad.
Este último año, el profesor José Antonio Marina se ha dedicado a, entre otras cosas, redactar el llamado Libro blanco de la profesión docente y su entorno escolar, un texto encargado por el gobierno popular que tenía como objetivo ayudar a que el ámbito educativo no universitario fuese repensado y respondiera mejor a las necesidades que se le pudieran plantear en el siglo XXI.
Este tipo de textos no son nada nuevo en nuestro país, el Libro blanco tiene varios antepasados, y sólo el tiempo nos dirá si realmente algo de lo aquí tratado tendrá repercusiones reales o será fácilmente olvidado. Ya hubo uno en 1969, otro en 1989, y ambos dieron pie a sendas leyes, la LGE y la LOGSE.
Otra suerte corrieron los proyectos de Estatuto Docente, también encargados por el gobierno, como dato habría que apuntar que en los 35 últimos años se han elaborado, e ignorado, al menos cuatro. Si la suerte del Libro blanco es la misma que la de estos documentos, realizarlo habrá sido igual de ineficaz que los intentos de pacto educativo de los diversos gobiernos, como por ejemplo el último, protagonizado por el ministro Gabilondo.
Ya desde el principio del libro se advierte al lector de las precauciones que hay que tener a la hora de reflexionar sobre la educación, ya que aunque se parta de generalizaciones, no se puede desligar al docente de su escuela particular, ni a ésta de su entorno, tenemos que tener prudencia con el contexto de cada centro educativo. Tampoco podemos confundir éxito escolar con éxito educativo, algo bastante común en ciertos discursos políticos. El triunfo académico supondría el éxito escolar, mientas que el éxito educativo sería una adecuada preparación del alumno para la vida fuera de la escuela.
Según los autores, este Libro blanco no tiene como objetivo poner en tela de juicio la capacidad de los docentes, sino instarles a cambiar y reinventarse en un mundo muy distinto a aquel en el que ellos se educaron, aunque es previsible la oposición, ya que fomentar este tipo de cambios fácilmente puede ser interpretado como un ataque.
El texto de Marina tiene una estructura clara, primero localiza los problemas, y luego explica sus propuestas para resolverlos de una manera bastante clara, y que en ocasiones peca de falta de concreción.
Fuente. Joseantoniomarina.net.
 Problemas y soluciones.

Lo primero sería preguntarse en qué queremos que se convierta la escuela, Marina enumera sus aciertos y varias de las dificultades a las que ha tenido que enfrentarse la educación española en estas décadas de democracia. Aparece nombrado el carácter progresivamente heterogéneo de la población española, algo muy destacable, y que se suma a otros grandes problemas en España, como son la altísima tasa de abandono escolar o el desprestigio de las FP. Por no hablar de ese intento de meter la enseñanza bilingüe con calzador en la educación pública que ha resultado ser un verdadero fracaso.
A esto se le suman aspectos que compartimos con el resto del planeta, como el progresivo distanciamiento de alumnos y profesores , y el poco interés intelectual que demuestran cada vez más alumnos hacía lo que los docentes tratan de enseñar. Marina cree preciso repensar las nuevas competencias que se deben fomentar en el alumnado con el objetivo de formar buenos ciudadanos, desarrollar sus talentos individuales y prepararlos para la inserción laboral.
Repasemos de forma general algunos de los argumentos que maneja en el texto, un buen punto para empezar serían los profesores.
Los docentes han de tener las capacidades que han tenido siempre, de eso no hay duda, el problema es que a esas capacidades clásicas hay que añadirles unas cuantas nuevas. De las que Marina destaca, algunas no son nada desconocidas y llevan estando en los planteamientos educativos de la humanidad desde que existe la educación, esto que se repite insaciablemente de la resolución de problemas, de saber llevar a los alumnos a ciertas situaciones o de fomentar el interés del alumnado no es otra cosa que la mayéutica griega aplicada a nuestro tiempo.
Los sistemas educativos que se han preocupado por atraer a la docencia a las personas más capacitadas y que han invertido en educación resultan ser los que mejor aparecen en el informe PISA, el cual se dedica a comparar los resultados de las distintas maneras de educar de cada país. Esto es bastante obvio y no se puede discutir qué es lo más acertado que puede hacer un país preocupado por la educación de sus futuros habitantes. Tampoco resulta ser nada nuevo, el profesionalizar la educación es algo de sentido común y cualquiera que invirtiese un par de minutos a reflexionar sobre ello no podría estar más de acuerdo.
A esto se le sumarian otro tipo de medidas que lo apoyasen, como la mejora de las condiciones laborales para los docentes, que presumiblemente atraería a mejores profesionales al campo educativo. El principal problema que Marina detecta no es tanto que los profesores cobren poco, él defiende que mientras que en España su sueldo está por encima del PIB per cápita, en los países vecinos es inferior. Aunque también es cierto que esta comparación tan simple no es justa, puesto que habría que analizar también cuáles son esos PIB y en qué contexto se manejan, pero eso es otro tema. El problema principal que se detecta en el Libro blanco es que no exista una evolución salarial aparte de la que corresponde por la antigüedad del trabajador.
Marina propone varias vías para progresar en el campo docente, refiriéndose aquí al nivel de funcionario, estos serían el progreso académico, el progreso en la gestión docente o el progreso en el mismo puesto de trabajo según su evaluación. Esto último ya sabemos que es polémico, puesto que acarrea una gran desconfianza, bastante lógica, por parte del profesorado.
Alguna de estas propuestas es interesante, pero quizás difícil de llevar a cabo en un país en el que la corrupción parece sistémica.
Otro gran problema con el que habría que trabajar sería el elevado número de profesores no funcionarios, los profesores interinos, que resultan ser demasiados y en una situación laboral bastante precaria, y los docentes pertenecientes a la enseñanza concertada y privada, que se salen de todas las medidas que se plantean, para lo bueno y para lo malo.
En España no es un secreto que las carreras de docente no suelen ser muy exigentes con sus alumnos, la LOE convirtió los estudios de Magisterio en un grado, y creó un máster para la formación de los profesores de educación secundaria, y la LOMCE esto no lo tocó. Como bien dice el profesor Marina, hay, sin duda, grandes maestros y profesores, pero todos formados de manera autodidacta.
En el Libro blanco se propone que la formación de los profesores continúe como una titulación de Grado y que se complete con un período de formación y habilitación profesional de tres años, lo que en las recientes propuestas políticas llamaban el MIR educativo, algo similar a esto ya existía, pero no era tan extenso temporalmente.
Tras el estudio del Grado se efectuaría un examen de ingreso a las prácticas, sería un examen duro para los alumnos mejor preparados y cada aspirante obtendría una nota global de la prueba que le permitiría acceder al Centro Superior de Formación del Profesorado de su elección.  Siempre bajo la supervisión directa y continua de un tutor, los alumnos tendrían la condición de Docentes En Prácticas (DEP) y percibirían por su trabajo una retribución adecuada.  El primer año consistiría en un Master de formación especializado y los dos siguientes en las prácticas renumeradas.
Después de explicar estas fases en el libro, se matiza que todos los docentes de los centros concertados y privados tendrían que estar también en posesión de este diploma. Esto último parece bastante difícil de realizar, y quizás es un poco ingenuo. Los centros concertados, y sobre todo los privados, se han preocupado en su gran mayoría de mantenerse alejados de los diversos experimentos educativos emprendidos por nuestros gobiernos, y nada hace pensar que esto vaya a cambiar, menos aún si no hay garantía de que las medidas tomadas vayan a resultar positivas.
Volviendo a lo público, los aspirantes a docentes, tras haber completado esta serie de pasos tendrían también que efectuar otra evaluación, esta vez decretado por el Estado, las actuales oposiciones, que sería la que les permitiera trabajar para el Gobierno.
La organización que se nos plantea parece bastante eficaz, aunque su implantación se antoja inviable, y quizás fuese una solución práctica para frenar esa marea de docentes que se gradúa año tras año, y que supone más del triple de las plazas que el sistema puede ofertar. Aunque esta medida utópica tampoco escaparía a los problemas que las enseñanzas superiores sufren en la actualidad. El señor Marina defiende que los tutores, los centros, las pruebas y todo el resto de agentes que intervienen en la formación de los docentes sean cuidadosamente escogidos por su calidad, quizás me equivoque, pero esa excelencia que ahí se busca, supuestamente, ya forma parte de las universidades. A mí, personalmente, ese tipo de afirmaciones me resultan un tanto cándidas.


 Dentro de los partidos con mayor representación parlamentaria, el MIR para la formación del profesorado figuraba en los programas del Partido Socialista y de Ciudadanos.
Fuente. El Confidencial.
Volviendo a los centros escolares, el tema del equipo directivo se trata también con intensidad, para Marina, los directores de los centros son el motor principal de cambio de un colegio, uno de los puntos más básicos que hay que mejorar, y esto comienza ampliando sus poderes. Los directores deberían ser seleccionados entre docentes con experiencia y formados ex proceso para esta importante labor. También se plantea la creación de una figura similar a los superintendentes estadounidenses, que maneje los centros educativos a nivel provincial o autonómico.
Una medida que creo que es destacable es la de la necesaria incorporación de nuevos perfiles de profesional en las escuelas: educadores sociales, bibliotecarios o expertos en medios digitales se incorporarían así al ámbito docente.
Aunque los tres me parecen profesionales muy necesarios en un centro educativo, veo con más urgencia la necesidad de estos últimos.
En el libro también se propone la creación de un Consejo pedagógico de Estado, que tendría muchas responsabilidades, entre ellas buscar las mejores propuestas educativas entre los distintos centros del país y promoverlas. Los autores del libro piensan que sería conveniente que Su Majestad el Rey presidiera dicho consejo, aunque yo, personalmente, no alcanzo a comprender las razones de esta propuesta. Este Consejo tendría un papel central en la implantación de todas las medidas educativas, y sería el peldaño más alto de la pirámide organizativa que se explica en el libro.
Asimismo, esta organización sería de la que responderían el cuerpo de inspectores educativos del estado español, los responsables de las evaluaciones de los docentes y los centros.
La evaluación, a todos los niveles, se ha convertido en el problema educativo más complejo, y uno de los que las sucesivas leyes como la LOGSE, la LOE, o la LOMCE se han encargado de marear sin plantear nada concreto.
Marina cree que es evidente que si no evaluamos no podemos saber si mejoramos o empeoramos. El problema ya sabemos cuál es, quién será el encargado de evaluar y qué va a evaluar.
El rendimiento no puede ser la única forma, está claro que el contexto de los alumnos influye positiva o negativamente y no es justo que el sueldo de un profesor de un mal barrio sea más bajo que el de un barrio acomodado. Aquí hay un tema peligroso que conviene destacar, si se forma a los estudiantes para que su evaluación sea positiva, y por tanto el profesor se centra exclusivamente en su éxito académico, el éxito educativo queda descuidado y nos veríamos con el mismo problema que arrastra la PAU y que hace que el segundo curso de Bachillerato este centrado en la creación de alumnos palabreros, como diría Rousseau.
Marina habla de una evaluación del progreso, de certificar los logros del estudiante, por tanto propone que se analice el portfolio del docente, un documento que recoja todo lo que pueda tener relevancia para conocer su competencia, incluyendo aquí también el progreso de sus alumnos. El profesor también debería ser observado por los inspectores ejerciendo su labor.
Algunos expertos plantean que quizás se debiera evaluar al centro al completo, no sólo a los docentes por separado, Marina tampoco desarrolla esto demasiado.
A esos criterios básicos de evaluación del profesorado se le sumarían otros como la relación docente-familia, la participación del profesor en la vida del Centro, una evaluación por parte del claustro y la opinión de los alumnos, aunque desde la experiencia podemos asegurar que aquí el mejor evaluado por la gran parte de los alumnos sería el que más notas altas pusiera.
Marina piensa que es ideal conseguir que los mejores docentes vayan a los centros más conflictivos, sin embargo lo complicado es conseguir que esta actitud heroica tenga ejemplos reales en nuestro país. La idea de premiar los méritos profesionales es excelente, pero el problema como ya hemos dicho es si esto podría mantenerse alejado de la corrupción que parece sistémica en España.
Quiénes serían los inspectores entonces, al igual que los directores, profesores con experiencia, que deberían realizar para ello un Master y unas prácticas con tutor.
Los inspectores, como el resto del personal docente, serán evaluados, aunque no queda muy claro por parte de quién.


Nuestro contexto

Dentro de esta nueva sociedad de aprendizaje que se plantea en el texto se habla también de una adquisición de conocimientos continua, que debiese durar toda la vida. Yo personalmente no creo que esto sea nada nuevo, aunque si merece la pena destacarlo cada vez que sea posible. Pero, en este caso el autor se refiere concretamente a los cambios enmarcados por las innovaciones digitales.
Es muy interesante el papel destacado de la tecnología como motor de cambio social que se apunta al principio del Libro blanco. (p.6)
El ritmo de desarrollo de la tecnología y su aplicación al aprendizaje están creando nuevas posibilidades que, a menos que se desarrollen en la escuela y para todos, simplemente se desarrollarán fuera de la escuela y para algunos. Surgiría así una nueva separación de clases sociales – y de hecho ya ha comenzado a ocurrir –.La escuela va a adquirir un nuevo protagonismo y unas nuevas responsabilidades, y tiene que prepararse para ello.
Si nos centramos en la parte laboral, España, justo con muchas otros estados, no apoya esto lo suficiente, por experiencia sabemos que las asignaturas que tocan estas cuestiones ni siquiera arañan la superficie de su potencialidad, y en muchos casos son impartidas por profesores de otras materias, que intentan con distintos resultados que sirvan para algo, o que simplemente ven como una hora de relleno. Si esto continua así, como bien apunta Marina, estaremos convirtiendo en parte la educación en una fábrica de parados, ya que los demandados profesionales de estos ámbitos son importados de países como China o India, que si son conscientes de su importancia. La introducción de nuevos profesionales especializados en medios digitales si supondría una pequeña mejora desde la que avanzar en este campo.

Fuente. Noticias.universia.
Se están tratando de introducir en la escuela nuevas competencias más propias de nuestra sociedad actual, las llamadas destrezas del siglo XXI. Aunque también es necesario destacar que estas ansiadas destrezas no son puramente científicas y que no pueden ser enfocadas desde una visión estrictamente laboral, como algunos no paran de malinterpretar. Russell lo explicaba muy bien en su libro Sobre educación. (p.49)
La suma de conocimientos humanos y la complejidad de sus problemas están en progresión creciente; por ello, cada generación debe revisar detenidamente sus métodos educativos, si quiere renovarse. Podemos conservar el equilibrio mediante mutuas transacciones. Pueden persistir los elementos humanistas en la educación, pero lo suficientemente renovados como para dejar paso a otros elementos, sin los cuales no hubiera podido crearse el mundo que la ciencia ha hecho posible.
Utilizar las nuevas tecnologías dentro del aula plantea una serie de formidables retos educativos que un profesor por separado parece ser que no puede afrontar, el Consejo Pedagógico del Estado que se plantea en el texto sería el encargado de observar, investigar y aplicar estos cambios.
El objetivo de una escuela inclusiva, al que debemos aspirar, es conseguir el éxito educativo de todos los alumnos, explotar lo mejor de sí mismos con independencia de su procedencia social, económica o cultural.
La educación en la que nosotros como futuros docentes participaremos debe tener como meta fundamental enseñar a pensar, a ser autónomo y tener capacidad crítica, también a trabajar en equipo, a tener competencias transversales y a plantearse proyectos, si no somos conscientes de esto y trabajamos en la enseñanza pública, seremos en parte culpables de que no se la valore como es debido.
En el texto (p.12) aparece una cita del Director de Educación de Pearson, que es excesivamente catastrófica, pero también muy ilustrativa.
El peligro estriba en que, a medida que la economía de los países desarrollados crezca, cada vez más gente considerará la educación privada para sus hijos como una opción de vida racional. Si esto sucediera, por consiguiente, estarían menos dispuestos a pagar impuestos para subvencionar la educación pública, la cual, con el tiempo, se convertiría –según la devastadora expresión que el sociólogo Richard Titmuss utilizó en la generación anterior– en un “servicio pobre para los pobres.
El libro de Marina, en mi opinión se centra demasiado en la cuestión organizativa de la educación española, y puede ser un gran problema del que partir, pero se precisa también un gran cambio en el campo de las materias que se enseñan, esas nuevas competencias de las que se habla en el documento de vez en cuando, y que sólo se plantean tímidamente.
Considerando que nos encontramos en la Era de la Información, la escuela debería plantearse no tanto transmitir información, si no enseñar a los alumnos cómo manejarla provechosamente y también como filtrarla críticamente.
El objetivo no es crear expertos en informática, es enseñar a los alumnos a manejar correctamente su contexto, que es el mismo que el de los docentes, el de la revolución digital.

Fuente. Diygenius.es
 Referencias:

-Marina. J.A, Pellicer. C y Manso. J. (2015) Libro blanco de la profesión docente y su entorno escolar.
-Russell. B. (2013) Sobre educación. España. Austral.
-Artículo El País. El futuro será de los jóvenes “navaja suiza”. Diciembre de 2015.
http://economia.elpais.com/economia/2015/12/11/actualidad/1449864531_685393.html
-Artículo de teachthought.com. How schools can respond to the age of information
http://www.teachthought.com/the-future-of-learning/disruption-innovation/how-schools-can-respond-to-the-age-of-information/

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