miércoles, 7 de enero de 2015

Qué deberíamos aprender en el cole

Por Jemo

Existe una serie de contenidos que todos sabemos y damos por hecho que deben aprenderse en la escuela. La ley así lo refleja dictando los temarios y competencias que el alumnado debe adquirir según el curso en que se encuentre. Pero cuando pensamos en la educación, a menudo nos cuestionamos qué es lo primordial o lo que más nos interesa fomentar en los alumnos. Un profesor no debe preocuparse únicamente porque se superen los contenidos de examen, sino que casi de forma involuntaria, se involucra activamente en el proceso de crecimiento y madurez de un grupo. Suponiendo además una figura importante que si cala como es debido, el alumno recordará a lo largo de su vida.
Una entrada anterior sobre la escuela Paideia me hizo reflexionar también sobre lo mismo, ¿la escuela debe preparar para la vida o para contenidos? Obviamente, sea el tipo de educación que sea, siempre debería partir de unos referentes reales que consigan preparar para una situación de futuro. Labores esenciales, principios de convivencia y solidaridad, trabajo en grupo… pero el problema surge cuando un sistema flojea en estos puntos y dirige al profesorado a afrontar sus clases olvidando esos principios básicos. En el documental “Entre maestros” se observa algo de esto. Carlos González, profesor de matemáticas y física en secundaria durante 24 años, llegó a sentirse encerrado por no hacer despegar su propio potencial y, lo que le dolía más, que no pudiese despegar el de sus alumnos. Es por esto que decidió salir del sistema y escribir “Veintitrés maestros, de corazón. Un salto cuántico en la enseñanza”, libro en el que narra cómo haría las clases si no tuviera ningún impedimento por parte de dirección u otro estatus mayor. Con la película documental dirigida por Pablo Usón, se le brinda la oportunidad de hacer real lo que expone en su libro. Y tras un casting en el que los alumnos reconocen su poca confianza en el sistema, una falta de motivación y, sobretodo, inseguridades propias de la edad, son once los elegidos que realizan finalmente el curso intensivo de doce días. Sin influencias de otro temario exterior, Carlos González puede ir directo al grano, y es así como centra sus intenciones en unas clases de conocimiento personal, una práctica sobre el principio isocrático de conocerse a uno mismo y despertar un sentir de sabiduría interior propia de la que los demás también puedan aprender.
Es curioso como el profesor, al tener libertad en su tarea de divulgar una nueva forma de entender la educación, se centra en el autoconocimiento y la formación de valores; en crear ambientes que ayuden a descubrir el potencial interior del alumno y ahondar en las claves de la experiencia: respeto, confianza y provocación. También interesante es la dinámica que utiliza para hacer visibles los diferentes personajes que se adoptan en el aula, sobretodo por el hecho de hacer que los adolescentes también sean conscientes de ellos, llevando al final a que uno se ponga en el lugar del otro.
Existen además proyectos creados directamente para este tipo de asuntos que pueden parecer “extra académicos” y, en muchas ocasiones, relacionados con el ámbito artístico. Es el caso por ejemplo de “Crea y Educolabora!”, que parte de la teoría pedagógica crítica y de la educomunicación promoviendo el pensamiento crítico a través de la creación audiovisual. Una primera etapa del proyecto planteaba una serie de preguntas para preparar discursos audiovisuales:

  • ¿Cómo transformar el mundo a través de la educación?
  • ¿Cuál es la educación que quieres?
  • ¿Cuál es la escuela que quieres?

Cada persona, tanto alumnos de todos los cursos como cualquier trabajador del centro,  tenía como tarea responder a esas preguntas de una forma poética, informativa, metafórica… y después, con objetivo de que los participantes tomasen un rol activo en el proceso de aprendizaje, el material sería subido a la red dejando todo a disposición de que pudiese consultarse. Recopilando algunas de las respuestas de estos vídeos, la mayoría remitían a los conceptos de “imaginación, altruismo, empatía, amor, comprensión, solidaridad…”, rechazando los de “discriminación, racismo, conflictos, desigualdad, intolerancia…”. Se demandaba una “escuela libre en la que aportando nuestro granito de arena se construya un mundo mejor”, “libre y participativa donde todo el mundo cuente”; “educación que repercuta en la adultez”, que “atienda otras expresiones creativas y corporales” y “forme personas en valores e igualdad”. Todos principios humanos de convivencia y ninguno referido a la competencia o la superación de niveles. Dirigidos en su mayoría a generar una motivación al aprendizaje como algo natural. Una escuela que también cuente con el entorno de quienes la forman donde todo tenga cabida y cada uno aporte lo suyo.
Se hace por lo tanto necesario un giro en los planteamientos de la educación en muchos centros. Y no es que vayan desencaminados en la gran mayoría de casos, sino que simplemente el currículo debería adaptarse más a unas necesidades reales de creación de hábitos de buena voluntad y que exista un proyecto educativo colaborativo de todos. Que alumno sea tan receptor como emisor. Quizá como expone “Cultura Libre y Educación Hacker”, vinculando con la idea de Pekka Himanen en torno a una ética hacker que va más allá de los ordenadores, y fomentar una cultura compartida y crítica. No quiere decir esto que se abandonen los libros y contenidos teóricos, pero sí que como docentes nos centremos en las cosas más importantes y esenciales para dotar de herramientas que ayuden en el futuro.

“Enseñar no es transferir conocimiento, sino crear las posibilidades de su producción o de su construcción… quien enseña, aprende al enseñar y quien aprende enseña al aprender…”.
Paulo Freire

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