lunes, 15 de diciembre de 2014

¿Generación perdida?

Por Loles

¿Cómo nos vemos los jóvenes? ¿Cómo nos ve la sociedad? O mejor dicho; ¿Cómo estigmatiza la sociedad a los jóvenes de mi generación? Según todo lo que he podido leer y escuchar somos realistas, plurales y globales.
Acomodaticios y pasivos. Indolentes, escépticos y mimados. Desanimados, desesperanzados, descorazonados. Des-encantados y aún así nos declaramos satisfechos con nuestra vida.
Pragmáticos, menos idealistas, ya no soñamos con cambiar el mundo, el mundo nos ha cambiado a nosotros. Ya no soñamos con utopías.
Presentistas. Vivimos el presente porque el futuro parece incierto y duro. Preferimos no arriesgar, flexibilizamos nuestros deseos y los adaptamos a la situación, restamos nuestros compromisos, nos definimos poco y no descartamos nada porque el riesgo a la frustración es grande. No tenemos muy clara nuestra misión, nuestro papel en esta obra, ser quienes quieren que seamos.
Estamos desorientados, perdidos, sin camino. No sabemos contra que ni quien luchamos.
Criados en el confort familiar, en tiempos de crecimiento de la calidad de vida. Criados por unos padres que resarcidos quisieron darnos “todo lo que ellos no tuvieron”. Rodeados de lujos que para nosotros solo son bienes básicos.
No podemos ni queremos independizarnos. El hogar familiar es grato y permisivo y además corren tiempos de paro y precariedad laboral.
Anestesiados por todas esas facilidades que nos han dado, no tenemos esa garra para buscarnos la vida y tirar hacia delante. Para nosotros vale más tener que ser y queremos tener todo lo que nuestros padres tienen ahora, no lo que tenían a nuestra edad porque no tenían nada.
Somos consumistas desbocados, tenemos ocio, viajes, amigos por medio mundo, televisión, Internet, moda, tecnología, libertades y queremos más.
Invertimos en nuestra imagen, en nuestro vestuario porque es nuestra identidad. Nos hace sentir diferentes y auténticos pero siempre y cuando nuestro grupo nos apruebe y nos acepté. Nos sentimos amparados.
La publicidad nos dice que está de moda ser joven y nosotros seremos jóvenes eternamente. Seremos jóvenes para siempre.
Si bien es cierto, nuestra realidad actual, nuestro presente, estará siempre condicionado tanto por las realidades sociales, económicas y culturales que nos lega el pasado así como por las expectativas que nos suscita el futuro. Para conocer quiénes somos debemos primero conocer de dónde venimos, en que panorama nos hemos criado.Me gustaría hacer un breve repaso de las circunstancias que se daban cuando vinimos a éste mundo, la transformación de la estructura  familiar, la sociedad de consumo  en la que vivimos y hemos. Me parece importante conocer éstos aspectos generacionales que nos han influido como personas y en mi caso como mujer.
Aunque parece que hemos llegado a un clima igualitario, repetimos inconscientemente los roles tradicionales heredados de generaciones anteriores por la educación que nos han dado según nuestro sexo.
No es una desigualdad tan estricta como en épocas anteriores pro sigue existiendo una división. La mujer asume la mayor parte de las labores cotidianas reservando al hombre a la adquisición de bienes, al mantenimiento del coche (principal conductor del hogar) y a la realización de las llamadas “chapuzas” domésticas.
Estos cambios en la posición de la mujer marcarán la modernización de la familia.
Es preciso hacer una distinción entre las áreas urbanas y las áreas rurales ya que no llevaron una evolución homogénea. En ésta última podemos decir que permanecen hogares de tipo tradicional.
Sin embargo en las áreas urbanas, la evolución de la morfología de las familias es bien distinta, aumenta la proporción de hogares monoparentales (consecuencia del aumento de divorcios y separaciones desde 1981), así como hogares unipersonales.
Pero será en el ámbito de los comportamientos sociales dónde se aprecie la principal transformación.
El nivel educativo y socio-profesional en la mujer, se torna en un factor positivo esencial en el desarrollo de comportamientos igualitarios.
Una transformación y tendencia visible en las últimas décadas, es el retraso en la emancipación de los hijos, relacionado tanto con las tendencias de precarización laboral, (empleo precario y “contratos basura” como medida para reducir el desempleo en 1993), de difícil acceso a un empleo estable o a una vivienda.
También, esta emancipación cada vez más tardía se ve favorecida por la democratización de las relaciones intrafamiliares.
Los jóvenes prolongan sus estudios y la dependencia económica sin acceder a la vida adulta, retrasando la conformación de nuevas familias y la procreación.
Y es que el clima en las relaciones familiares ha cambiado. Hay un modelo relacional más afectivo en detrimento de la autoridad y el control paternos así como del discurso autoritario y rígido. Hay una relación de apoyo a los hijos, de tolerancia y de libertad, que acepta incluso las relaciones sexuales prematrimoniales, algo inconcebible para generaciones anteriores.
Como consecuencia los jóvenes se sienten arropados en sus hogares y satisfechos con su vida familiar, permaneciendo en ellos hasta edades avanzadas a la espera de un empleo de calidad que les permita emanciparse manteniendo el nivel de vida y de consumo que disfrutan. Es decir, sólo saldrán de casa si un trabajo estable les proporciona el mismo tren de vida que han llevado hasta ahora, pero conseguir un empleo estable es cada vez más difícil.
Nuestros padres, partieron de cero y fueron más arriesgados y competitivos, aumentando su nivel adquisitivo. Nosotros no queremos empezar de cero, queremos empezar desde sus logros, como mínimo.
Las últimas tres décadas de la historia de España han significado un cambio profundo para la política, la economía y la sociedad, inmersa en un proceso de transformación y modernización.
Hemos nacido en tiempos de constate mejora de la calidad de vida.  Por lo general, las familias de la clase media vivían una época de progreso, mejora económica y poder adquisitivo.
Somos una generación de hijos de trabajadores, de gente que se ha hecho a sí misma partiendo prácticamente de cero en su terreno. Hemos crecido viendo de reojo lo que nuestros padres habían logrado en su vida porque seguramente es lo que nosotros tendremos.
No podemos decir que hayamos malvivido, todo lo contrario. Hemos tenido educación, comida, protección, buenas vacaciones, toda clase de lujos y caprichos, libertades, modas, viajes, Internen, amigos por medio mundo, más caprichos, más moda, tecnologías, ocio y un sin fin de comodidades que nuestros padres no tuvieron. A cambio, ellos sólo nos han exigido estudiar, para que en un futuro pudiésemos elegir la vida que nos hiciera felices. Nos dieron libertad, fueron, permisivos, nos dieron independencia, nos dieron las llaves de casa y también las llaves del mundo.
Hemos recibido muchas cosas y con gran facilidad, sin valorar el sudor que cuesta conseguirlas. Lo que para nuestros padres son lujos, para nosotros sólo son bienes básicos.
Tenemos una separación muy clara entre el ámbito de los estudios y el ámbito laboral, no nos ha hecho falta trabajar para pagarnos los estudios. La sociedad lo ha permitido, los gobiernos lo han alentado, para que no tuviéramos que pasar las penalidades que pasaron nuestros padres y abuelos. Si nosotros somos la generación ni-ni ellos fueron la generación ná de ná.
Queremos tener todo lo que nuestros padres tienen ahora, no lo que tenían con nuestra edad porque a nuestra edad no tenían nada.
Vivimos un problema social evidente y grave que ha sido forjado a fuego lento. Flaco favor nos estamos haciendo.
Ahora, por primera vez, la calidad de vida de estos “Hijos de la clase media” criados entre algodones, puede ser inferior a la de sus padres.
Vivimos tiempos inciertos y con las crisis se ve todo más oscuro., nos da miedo salir “ahí fuera”, asumir responsabilidades y compromisos porque el riesgo a fracasar y a la frustración es grande.
Corremos el riesgo pues, de ser idiotas y pusilánimes.
Nos han dado tantas facilidades para solucionarnos la vida que ahora no sabemos solucionárnosla nosotros mismos.
Lo mal que esta el panorama no es una excusa porque nuestros padres tampoco lo tuvieron nada fácil.
El problema es que estamos muy cómodos y no queremos abandonar esa comodidad. Queremos que papi nos siga solucionando la vida.
Tenemos demasiado miedo y pereza para luchar y tampoco tenemos un desafío.
Como decía, corremos el riesgo de parecer estúpidos, y no somos verdaderamente conscientes de la gravedad del problema, de las consecuencias de ese modus vivendi que estamos adoptando al no asumir responsabilidades, ni compromisos, al no luchar.
Nos sentimos desorientados, expuestos al desempleo, a la precariedad laboral, al becarismo rampante, al deterioro de los derechos y libertades... Somos parte y a la vez víctimas de una crisis de valores sin precedentes. Nos da miedo arriesgar y perder pero solo arriesgando es posible el cambio. Sólo dejando atrás ese “falso confort” que nos atonta y adormece podremos reconducir la situación y no ser esa generación perdida de la que tanto hablan. Debemos revelarnos contra esa realidad que nos aliena y acongoja a la vez.
El Iphone  que me paga papá es más importante que todas esas utopías de “progre” frustrado.
Lo único que nos mueve son bienes materiales y dejamos de lado nuestra esencia humana.
Nuestra solución no puede ser atrincherarnos en la casa familiar dejando de lado cuestiones más importantes como nuestra búsqueda de identidad propia, nuestro propio camino, nuestros propios valores y proyectos de vida y futuro. Nuestra propia vida. Somos demasiado consumistas y acomodados como para prescindir de todas las facilidades de las que hemos mamado hasta ahora.
Sólo así podremos madurar, aprender de los errores y aciertos y aunque nos demos cien mil veces contra un muro al final conseguiremos derribarlo y pasar.
Soy consciente de que para realizar un análisis de tal envergadura, a nivel generacional, debemos generalizar lo que no quiere decir que no existan excepciones, por supuesto que las hay, menos mal, y puedo decir que me considero una de ellas. Criada en una familia desestructurada y asumiendo el rol de sustentadora principal desde muy temprana edad, siempre supe afrontar lo mal que se presentaban las cosas. Con una mísera pensión de orfandad y trabajando pagué mis estudios. Con esto quiero decir, que siendo verdad que las cosas se ven muy negras no podemos echar la culpa siempre a la circunstancia, ya que en el día a día puedo observar jóvenes, de mi quinta, que no mueven un dedo porque total ¿para qué?. Porque tienen la gran suerte de tener unos padres permisivos y con buen nivel adquisitivo que pueden permitirse financiar su modelo de vida. Cada día veo el ejemplo de muchos jóvenes sin un atisbo de pensamiento crítico en cuya lista de valores y prioridades no hay nada que no se pueda comprar. Para las personas que vivimos siempre en crisis éste es un estado normal y no podemos culpar siempre nuestra situación a factores externos, a nuestra circunstancia, siempre hay alternativas a esperar que te solucionen la vida. Se lo estamos poniendo demasiado fácil a esta gentuza que maneja los hilos y somos carne de cañón, demasiado fáciles de amedrentar.
Si no iniciamos nuestra propia andadura corremos el riesgo de quedarnos estancados. La evolución no es posible sin cambios y los cambios no son posibles si no rompemos con las ataduras del pasado y escribir nuestra propia historia.
Si no asumimos riesgos, si no afrontamos los problemas, si no luchamos por nuestros intereses, si no nos embarcamos en un proyecto de futuro corremos el riesgo de quedar atrapados en un eterno estado de juventud y pese a que suene muy bonito no podemos ser jóvenes para siempre.
Pertenecemos a la sociedad de consumo. Somos a la vez verdugo y víctima. Alimentamos su rueda y a la vez esta rueda nos aplasta.
Me pregunto si cómo dicen, somos una generación global que ha conquistado el mundo o por el contrario somos una generación globalizada que se ha dejado conquistar por el mundo. Me inclino a pensar que somos, más bien, la segunda opción.
Y es que estoy convencida de que parte de nuestra desazón viene de intentar ser alguien que no somos, de renunciar a las peculiaridades genuinas de nuestra cultura. De renunciar a nuestra identidad cultural en pos de otra cultura importada, vacía de significado. Una cultura consumista que nos impone cacharros que no necesitamos, que nos impone un rol de vida que no es el nuestro.
 Difícilmente podremos sentirnos a gusto en un modo de vida importado, conviviendo con unas tecnologías, modas y unos hábitos que no nos corresponden.
Un monstruo feo, grande y poderoso que se aprovecha de esa parte de la sociedad más vulnerable y más fácil de absorber y confundir por medio de la publicidad y de falsos estereotipos: los jóvenes.
Para entenderlo mejor pongámonos en la piel de un turista universal que juzga los países desde fuera.
Para él, éste o aquel país de Europa son idénticos: aeropuertos, suburbios-dormitorio, tráfico, atascos, polución, tiendas, música, moda, bebidas, pornografía, etc., y sin embargo, que diferentes son en su cultura base y en su temperamento un sajón de un latino, un galo de un eslavo.
Algo falla, si damos esta imagen externa estandarizada. Alguien está fingiendo, alguien está interpretando un rol que no es el suyo.
Hemos roto con nuestro proceso evolutivo cultural básico, hemos olvidado quiénes somos y esta puede que sea una de las causas que den sentido al desconcierto caótico que sufre hoy la generación de jóvenes.
Nos hemos tragado el discurso consumista. Hemos invertido en la moda, en las tecnologías (haciendo mal uso de ellas), en nuestra apariencia personal.
Compramos ciertas marcas y nos vestimos de una manera determinada porque para nosotros eso nos da identidad, refuerza nuestra pertenencia a un grupo y nos sentimos amparados dentro de ese rol que hemos decidido adoptar.
La publicidad se ha ocupado de comernos bien el tarro para que no dejemos de participar en esta sociedad de consumo, imponiéndonos estereotipos de gente joven a la que debemos idolatrar e imitar. Solo son modelos que están muy lejos de parecerse a un joven en la realidad cotidiana del día a día actual. Se han ocupado de que sigamos perpetuando ese sistema que llena los bolsillos de la minoría agraciada y vacía los de la desgraciada mayoría.

Las alteraciones artificiales que la colonización comercial impone sobre una sociedad rompen su equilibrio natural y su trayectoria evolutiva, no se pueden permitir, y mucho menos por razones de expansión económica que beneficiará a unos pocos “agraciados” en detrimento de la gran mayoría de “desgraciados”.
En definitiva, al introducir una tecnología o unos hábitos ajenos a nuestra cultura, estamos acogiendo a un caballo de Troya. Necesitamos sentirnos parte integrante del mundo en que vivimos, pero ese mundo se ha hecho tan vasto que no podemos controlarlo.
Tenemos acceso a un vastísimo mundo de información que se nos escapa de las manos y somos espectadores pasivos. Es imposible que sintamos como familiar algo tan grande, es imposible que lo sintamos como nuestro y por eso a menudo, nuestra autoestima se ve alterada e incluso sufrimos ansiedad. Tenemos miedo a perdernos entre la inmensa multitud.
El mundo de internet está determinando nuestro mundo interior.

Cuando navegamos por la red, accedemos a una página, que nos lleva a otra página, que nos abre un menú y que nos da acceso a más submenús...etc. Es normal que empecemos por una cosa y acabemos en otra muy distinta. No hay forma de ordenar nuestras experiencias, es todo un batiburrillo de cosas que se nos presentan ante los ojos y que no acabamos de comprender muy bien.
Sin ser muy conscientes de ello, estamos desarrollando un sistema de pensamiento no lineal que refleja exactamente el lenguaje de internen, donde un sin fin de asuntos pueden ser dados a la vez.
Se nos escapa de las manos, nos sentimos pequeños, muy pequeños en esa inmensidad y acabamos haciendo de ésta poderosa y beneficiosa herramienta de comunicación y conocimiento un mal uso que nos perjudica.
Pero hoy en día es “cool” saber y ser mil cosas a la vez. Era muy distinto en generaciones pasadas cuando los jóvenes eran, digamos, más radicales en cuanto a opiniones. Sabían quién era su enemigo (la dictadura franquista por ejemplo) y luchaban contra él.
Hoy en día ante esta gran inmensidad ya no sabemos ni quiénes somos como para saber contra quien luchamos.
Nuestras relaciones personales han cambiado de forma estrepitosa, en gran parte gracias a las redes sociales, dónde damos importancia a una vida y a unas amistades que son virtuales y que no existen. Descuidamos las relaciones y experiencias reales.
Somos víctimas incluso de trastornos como la envidia al pasar horas y horas viendo lo que cuelgan los demás, viendo cómo son sus vidas. Pero tampoco sus vidas son así. En las redes sociales cada uno adapta su perfil, con fotos, con música, amigos, aficiones pero es todo utópico y no refleja la verdadera realidad, la cotidianidad de sus vidas. Cuelgo las fotos de lo bien que me lo pasé el sábado y de lo bien que me salió el examen, pero no cuelgo mis miedos y pesares más íntimos. Quien lee mi perfil se siente frustrado porque ve que su vida es peor y se convierte en un espectador pasivo de las falsas vidas de los demás. Se crea un bucle, de impotencia, de frustración, de envidia...
Vivimos siempre conectados con el eterno miedo a “estar perdiéndonos algo”. El móvil es un nuevo apéndice de nuestro cuerpo del que no podemos separarnos. Queremos abarcar la inmensidad de todo lo que acontece a nuestro alrededor y nos olvidamos de lo real, de lo que estamos viviendo.
Desatendemos nuestras experiencias vitales más próximas y vivimos abstraídos en un mundo paralelo que, seamos francos, no existe.
Cuantas veces habré podido presenciar la escena de un grupo de amigos que se reúne y es una reunión silenciosa, donde no se habla, no se comparte nada, solamente se oyen las teclas de los móviles y ni eso porque ahora son todos táctiles.
Con esto no quiero decir que las nuevas tecnologías sean el mismísimo demonio, por supuesto que no, pero el mal uso que hacemos de ellas está dejando entrever que algo no funciona bien en nosotros, en nuestros valores y prioridades y en nuestro comportamiento. Y es que la vida virtual es mucho más llevadera que afrontar que los problemas cotidianos.
Es más fácil dejarse llevar y ser quienes quieren que seamos, atontados con tonterías como el futbol mientras por detrás nos la clavan pero bien. Vuelvo a insistir, se lo estamos poniendo demasiado fácil y se deben estar descojonando de nosotros en sus sillones de diseño.
Consumistas o no, consumimos un mundo artificial, de nuevos productos en el mercado, de tele basura y programas de mierda, donde vemos como otros hacen su vida y no prestamos atención a la nuestra propia, a nuestra realidad social que está pidiendo a gritos socorro.
Tenemos un sin fin de enemigos a los que debemos enfrentarnos urgentemente, pero para ello debemos liberarnos de tantas cosas que nos oprimen que nos da miedo.
Sin pretender ser fatalista, hemos errado completamente el camino, y aunque está claro que no se puede generalizar y que no todos los jóvenes son así, parece ser el destino inapelable que llevamos todos. No sé a que esperamos.
El primer paso para empezar a enmendar los errores es, por lo menos, ser conscientes de este problema.
Porque no es raro ver hoy en día a jóvenes que aún así defienden a capa y espada este sistema, declarándose absolutamente satisfechos de sus vidas y sin esperar nada ni de la sociedad ni del futuro. Reacios a todo cambio que pueda perturbar su mierda de vida.
Nos hemos alejado de nuestra esencia humana, de lo que realmente somos. Nos hemos y nos han perdido, el primer paso es pues, encontrarnos.
Pero espera, que aquí hay para todos; en los medios de comunicación no salimos bien parados:
Generación Y, generación ni-ni, generación Peter Pan, generación Net, baby loosers, mileuristas (ojalá), generación perdida... y el etcétera es bien largo.
Y digo yo ¿algo tendrán que ver también ustedes en todo esto, no?
Al fin y al cabo somos lo que vosotros habéis hecho de nosotros. Está claro que vivimos una etapa de crisis social, pero tampoco se pueden lavar las manos ante este problema. Nosotros no crecimos aislados del mundo sino que hemos recibido una herencia cultural, en un entorno que nos ha condicionado y que condiciona también nuestro futuro.
Es como una patata caliente que se han ido pasando de unos a otros y a estallado al llegar a nuestras manos. Como barrer escondiendo la mierda debajo de la alfombra, lo más lógico es que la alfombra se levante y no ha de sorprendernos ahora toda la porquería que hay debajo, siempre supimos que esa porquería estaba ahí escondida, y no hicimos nada en su día para limpiarla.
No creo que sea solución alguna estigmatizarla y menos con apelativos peyorativos, como pueda ser por ejemplo generación
Ni-ni; ni estudio porque no me lo puedo pagar, ni trabajo porque no encuentro empleo y en el mejor de los casos seré una explotada cajera del Mercadona con dos carreras y que no llega a 700 euros, pero, ante todo muy agradecida, eso sí.
Hay que definir a las personas por lo que son y no por lo que, por el motivo que sea, carecen.
Es verdad que no encontramos un sitio en la sociedad, pero es que la sociedad tampoco se ha preocupado de hacernos un hueco.
Vosotros sois quienes nos habéis educado, así que en vez de sólo echar la culpa únicamente a los jóvenes debemos analizar el sistema que nos rodea, que nos ha llevado hasta dónde estamos, empezando por tanta reforma educativa que, bajo mi punto de vista no ha hecho más que empeorar la calidad de la educación gradualmente por no hablar de la que entra ahora, la L.O.M.C.E, en la cual  Música, Plástica, Filosofía y Tecnología se van a comer un mojón. Genial. Están construyendo una escuela para crear borregos que rechisten cuanto menos y sin ninguna capacidad de juicio crítico, pero eso sí, saben mucha geografía y suman y restan de maravilla. (Sin ánimo de menospreciar otras materias). Me parece inconcebible que el señor Wert llame a estas asignaturas “Marías” que solo sirven para perder el tiempo y siga de una sola pieza. Está claro que a este señor le importa bien poco el informe PISA cuyos resultados llevan demostrando ya varios años que  el aumento del horario de las materias como refuerzo no se corresponde con la mejora de los resultados y un buen ejemplo lo obtendremos comparando España y Finlandia. En Finlandia se dan muchas menos horas de matemáticas y los resultados son mucho mejores. Es como decir –“Venga niño cómete el tazón de sopa” ¿No quieres?, pues toma tres tazones más- No se le ocurre pensar que lo que puede que pase es que los ingredientes sepan a mierda y el niño los acabará vomitando. Es un planteamiento bastante cazurro, no se nos ocurre pensar que el problema pueda ser el método, el cómo se imparte la materia, el cómo han sido educados a su vez quienes imparten ésta materia. Pero vamos, tampoco nos vamos a poner ahora a comparar España y Finlandia, porque queremos conservar un poco de autoestima, la que nos pueda quedar. Cada nueva edición de un informe PISA es una bofetada en toda la cara.
Ante este problema social todos tenemos responsabilidades, y el cargar esta culpa a los jóvenes exclusivamente es desentenderse del problema. Y si se desentienden del problema este jamás se solucionará y seguiremos escondiendo la mierda debajo de la alfombra.
Parados, vagos, faltos de esperanza, conformistas, egoístas... Hemos sido noqueados en el primer asalto sin ni siquiera haber peleado.
Andamos perdidos, pero a lo mejor la que anda perdida también es la sociedad, no un grupo concreto, a lo mejor somos la consecuencia de un sin fin de causas que se han ido forjando a fuego lento décadas atrás.
No quiero ser fatalista, no quiero pensar que no hay nada que hacer y zambullirme en esta ola negativa que nos arrastra a todos y nos hace pensar que no podemos cambiar nada, que todo lo que podíamos decidir lo han decidido por nosotros ya. La queja sin respuesta no sirve de nada. Es una escena habitual oír las conversaciones de la gente por la calle que hablan de lo mal que está todo y luego son la indiferencia encarnada en forma humana. No quiero tampoco caer en la falsa e inútil visión de que una persona puede cambiar el mundo, es un pensamiento egoísta e irreal. Lo que si puede hacer una sola persona es ser consciente de la coyuntura en la que vive e intentar cambiarla desde su ámbito. Tener un juicio crítico y no tragarse la mierda que le dan.
Esta es una de las razones por las que decidí ser profesora.
La crisis moral y económica viene a espabilarnos como una ducha de agua fría, a sacarnos de nuestro letargo. Sabremos reconducir la situación. No dejaremos que el virus del desánimo mine la naturaleza vitalista y combativa de la gente joven. Seremos capaces de adaptarnos y asumir retos.
Aunque nos tilden de ser una generación pragmática que no ha soñado con cambiar el mundo, cambiaremos nuestro pequeño mundo, nuestra realidad cotidiana. No tragaremos con el futuro que nos auguran, no permitiremos la desaparición de la clase media ni la quiebra cultural y de valores, no sin luchar. Responderemos a la necesidad de un cambio urgente de modelo social y económico.
Encontraremos alternativas, que en conjunto, serán portadoras de grandes cambios. Confiaremos en nosotros mismos.
Somos trigo en la cámara, falta que el trigo se haga pan.

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