domingo, 2 de marzo de 2014

Tantas cosas por decir y compartir, lady Lomce...

Por el guerrero Gerónimo

Querida Lady Lomce:
Disculpe mi osada intromisión con esta carta que le escribo: No sé cómo andará de Historia, si le gusta o no, o simplemente, si se acuerda o no…
En la noche en la que callaban las postrimeras llamas de las intensas pupilas jacobinas, se hallaban personajes de la talla de Saint-Just y Robespierre en la misma mazmorra. Éste último estaba malherido en la mandíbula, que entre otras funciones, es refugio imperativo para la articulación de la palabra.  Tiempo hacía que ésta echó un guiño al joven Robespierre, que pagó este atópico amor con su vida entera. Se le procuraba muy bien, de veras la disfrutaba, porque aprendió a amarla. Los hombres que le rodeaban, recomenzaban a aprender a saber de la existencia y uso del Logos (en griego λóγος -lôgos-  representa: la palabra en cuanto meditada, reflexionada o razonada, es decir: "razonamiento", "argumentación", "habla1). Ahora cobra vida propia, junto a la misma alma del individuo, eco vivo de la extensión de un sentimiento. Expresión, vida. Como lienzo de base, una sociedad en ebullición; transformaciones sociales, empañado político. Por lo menos, o por lo más, el trampolín de la individualidad del hombre, como ser singular y único empezaba a dar significativos destellos en un largo túnel hasta entonces tan obstinado como oscuro.
El crisol de la enseñanza empieza a llenarse, al menos de ilusión. Sociedad y hombre se regocijan en la palabra concordia. Se masca la sensación de hacerse el cuerpo a la esperada libertad del prójimo. Las palabras Conciencia y autocrítica, configuran una misma frase. El plenilunio del derecho del hombre. Entre ellos, a la educación.
Pues como puede apreciar, ya en  antaño, y desde que el hombre es autónomo (libre pensamiento), se ha conseguido ensamblar las llamadas sociedades modernas, irremediablemente le han acompañado de la mano las transformaciones sociales, notorias o sibilinas: una continua y constante sacudida. El individuo, más que ser la solución, ha sido el responsable directo, parte integrante del problema. Así se complican las tareas y objetivos, se hace arduo y complejo un mecanismo social como… ¿la educación, mi lady?
La obviedad que presenta la contradicción del libre pensamiento ideológico y político entre los hombres está servida; más libres, pero más individualistas. El miedo a que la libertad nos venga grande, es patente. El objetivo de uno mismo se impone al del compuesto. Ego contra orfeón. Intereses concretos y particulares chocan con los del resto. Las estructuras de asimilación y adaptación piagetianas reclaman su esperado espacio vital en la sociedad y entorno. La educación se supone, y bien supuesto, que sirve para favorecer al ciudadano un papel y contexto social concreto. Una adecuada formación, sin excepción, sin concesión alguna para todos y cada uno de ellos, da igual su procedencia, raza o historia personal. Un lugar idóneo, apunta Benedito (1987), “el encuentro donde se establece la base de la comunidad, donde todos los alumnos pueden ser excelentes sin la necesidad de triunfar sobre los otros”. ¿Verdad, mi lady? Se trata de un centro para compartir. La diversidad tan hablada y admirada. El miedo al individualismo extremo, tiene sus partes positivas; la diversidad apunta a ser el instrumento indispensable para la puesta en escena. Un crepúsculo multidisciplinar, de los singulares y complejos mecanismos y puntos de vista de cada uno de los individuos. Riqueza. Dentro de las escuelas y en la sociedad. Y esta vez, compartida. Asimismo, que seamos versátiles con el tiempo, pero un tiempo lleno de saber y conocimiento. Entonces no se debe hacer de la escuela, un lugar exclusivo para unos pocos, postergando al resto. Los lugares mágicos son para participar. Hemos robustecido con la cultura (y repito: cultura es libertad), pero… ¿para dar un paso atrás? ¿Realmente, la educación es un derecho para todos?... Se me ocurren tantas preguntas que hacerle, Lady Lomce.
Para algunos, es el paradigma de la concreción de los valores (Freire), para otros, como el neoliberalismo, una amenaza, un estorbo, el trozo de bambú dentro de la uña, que es necesario extirpar o modificar; la idea de que todo ser tiene algo que mostrar, enseñar, de decir, no diluye correctamente con la categorización del alumnado. Ésta, ayuda a la sanción, a la diferenciación, a la rabia, a la indignación. La unidad, la heterogeneidad, no se comercializan. La diversidad es un instrumento, la mandolina que une pero hay que afinar, y el solista es el docente: Como apuntan Martín y Mauri (1996), es ahora cuando la función del docente radicaría en su capacidad de intervención a las variadas necesidades educativas por parte de cada uno de los alumnos.
Porque tenemos tantas, y tantas cosas que aprender, enseñar, y compartir, mi querida señorita. Empecemos por fortalecer las diferencias, y enriquecernos con ellas.
Y nos queda tanto por decir. Que no decaiga la expresión, que no nos quite nada ni nadie la palabra, que no nos talen el componente mandíbula, aquella misma que, sin poder hablar, sin poder expresar las últimas palabras de una voluntad, presenciaba Saint-Just en aquella fría e ingrata mazmorra. Allí mismo, siendo testigo de la imposibilidad de habla por parte del compañero, éste habló por él y le dijo a Robespierre: “al menos, hemos hecho esto...” mientras señalaba el cartel de los derechos del hombre, que colgaba en la pared del calabozo.
Esto ha sido todo, por ahora. Espero no haberla aburrido mucho.
Hasta pronto, lady Lomce…

(1) Wikipedia. http://es.wikipedia.org/wiki/Logos

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