martes, 21 de febrero de 2012

Sobre educación. Divagaciones atractivas, peligrosas y egocéntricas.


Alberto Navarro Pérez.

Últimamente me asaltan serias dudas que redundan sobre una misma cuestión nuclear: ¿cómo voy a llegar a ser un buen profesor?  Para educar o, mejor dicho, para transmitir, hace falta cierto entusiasmo y pasión. Tener vocación. Creer de verdad; y cuando digo creer, digo estar inmerso, vivir sumergido en ese ámbito del conocimiento y participar de él a través de su divulgación. Es una tarea muy ardua, sacrificada y exigente. Hay que estar siempre abierto al conocimiento y en continua formación. Paradójicamente, se podría decir que el docente es el eterno estudiante.
Además, hay que saber guardar siempre las distancias y ser objetivo, no dejarse llevar por los sentimientos. El maestro/a  es gestor de la principal fuente de desarrollo del mundo: personas. Y hay que saber tratarlas como tal, no como materia inerte. Es un capital con el que no cabe especular. Gestionar hábilmente, ofreciendo todos tus recursos.
Yo soy un mar de dudas y muy errático. No diría que fuese pesimista. Cierto es que no hay nada en lo que haya destacado especialmente, pero disfruto aprendiendo e intentándolo. Me gusta pensar que hay cierto carácter hedonista en esta forma de abordar la vida.
Es imposible lograr todo aquello que uno tiene por objetivo. De hecho, si todos nuestros sueños y objetivos se consumasen seguramente sería porque nuestra capacidad de soñar y proyectar es muy limitada. Como en el mayo del 68 suscribo que hay que pedir o buscar lo imposible (“seamos realistas, pidamos lo imposible”).
Dejar de buscarlo implicaría estar muerto, perder la idiosincrasia del ser humano. Sabemos que vamos a fracasar, ¿y qué? Lo importante es perseverar con estoicismo y trabajar para acercarnos poco a poco. Al mismo tiempo, parece importante saber que cada paso que damos, también lo da nuestro objetivo porque la perfección no existe y pretenderla es, en cierto modo, una manera de amputar a la imaginación. Exigirse lo imposible a uno mismo.
A día de hoy, muchos jóvenes estamos desencantados y hastiados de una sociedad que nos resulta ajena e indiferente. A menudo nos dicen que somos conformistas y apáticos, que no luchamos por aquello en lo que creemos. Pues es verdad. Mi problema es que no tengo nada por lo que luchar porque tampoco creo en nada.
No creo que nada vaya a cambiar ni que sirva de nada dar una opinión que tampoco nadie me ha pedido. Cuando me paro a pensar en todo esto, me entra angustia e impotencia. Prefiero eludirlo porque al final, como la mayoría de la gente, tengo que cumplir con unas obligaciones del todo absurdas, salvo porque me ayudan a sobrevivir manteniéndome ocupado e impidiendo que me hunda. No encuentro una solución ni tampoco sé cuál sería la manera consecuente de obrar.
Soy culpable, lo reconozco. Mi crimen es perpetuar la hegemonía y ser una persona mediocre y ordinaria. ¿Cómo voy a ser así un buen docente?
Nietzsche, en su obra El nacimiento de la tragedia, recurre a Edipo, el personaje más doliente y desgraciado de la escena griega, aludiendo que fue concebido por Sófocles como el hombre noble que, pese a su sabiduría, está condenado al error y a la miseria, pero que al final ejerce a su alrededor, en virtud de su enorme sufrimiento, una fuerza mágica y bienhechora, la cual persiste, como su legado, después de su muerte.
Sófocles nos quiere decir que el hombre noble no peca. Tal vez a causa de su obrar perezcan toda ley, todo orden natural, incluso el mundo moral.
En Crimen y castigo,  Raskholnikov el antihéroe de la novela de Dostoievski, incapaz de superar las restricciones que le impone la sociedad para cumplir su vocación de ser útil a la humanidad, decide transgredir ese absurdo orden jurídico y moral por medio del asesinato de una vieja usurera. A través de Raskholnikov, Dostoievski hace esta reflexión:
“Todos aquellos que se elevan por encima del nivel ordinario, que son capaces de decir algo nuevo, deben ser, en virtud de su propia naturaleza, unos criminales necesariamente. Todos los legisladores y conductores de la Humanidad, sin excepción, han sido unos criminales, ya que al dar leyes nuevas violaron las antiguas. La naturaleza divide al hombre en dos categorías: una inferior, la de los hombres ordinarios, especie de materiales cuya única función es la de reproducir unos seres semejantes a ellos; y la otra superior que comprende a los hombres que tienen el don o el talento de hacer oír en su medio una palabra nueva.
Esta división de las personas en ordinarias y extraordinarias es un poco arbitraría. Las subdivisiones, naturalmente, son innumerables, pero las dos categorías muestran rasgos diferentes bastante marcados. A la primera pertenecen en general los conservadores, los hombres de orden que viven en la obediencia y la aman. Obligados, incluso, a obedecer, porque ese es su destino y porque la obediencia no tiene para ellos nada de humillante.
El segundo grupo se compone exclusivamente de hombres que violan la ley o tienden, según sus medios, a violarla. Sus crímenes son naturalmente relativos y de una gravedad variable. La mayoría reclaman la destrucción de lo que existe en nombre de lo que debe existir. El hombre extraordinario tiene derecho, no oficialmente, sino por sí mismo, a autorizar a su conciencia a franquear ciertos obstáculos, en el caso de exigirlo así la realidad de su idea. Mas si, por su idea, tiene que derramar sangre y pasar por encima de los cadáveres, puede en conciencia hacer lo uno y lo otro en interés de su idea.
El primer grupo es siempre dueño del presente; el segundo, del porvenir. El uno conserva el mundo y multiplica los habitantes de él, el segundo mueve al mundo y lo conduce a su objetivo”.
¿Hacen falta unos cuantos criminales? Parece que sí. Pero criminales que, como Robin Hood, compensen la balanza hacia el lado de los desfavorecidos y que, con cierta alevosía, transgredan las normas para intentar mejorarlas.  Porque, de corruptos que solo buscan pisar al prójimo para su propio enriquecimiento económico, ya estamos más que servidos.
En todos estos planteamientos hay latente cierto peligro. ¿Dónde establecer los límites de lo que nos está permitido? No ya solo por lo que es socialmente reprobable, sino aquello que nosotros podemos acometer sin quebrarnos como individuos educados en la moral cristiana del pecado.
¿Es posible y recomendable educar cuando contemplas y portas en alguna medida este tipo de ideas?
Cuando me paro a pensar en torno a esto, creo llegar a la conclusión de que para ser un buen docente hay que hallar un equilibrio entre el conocimiento y el escepticismo.
¿Es posible educar sin pretender convencer de nada?  Yo no quiero hacer apología, sin embargo no encuentro manera de comunicarme sin hacer discurso.

“Crime is the highest form of sensuality”
(“El Crimen es la forma más elevada de sensualidad”. Graffiti de King Mob).

1 comentario:

  1. Hola Alberto.
    Leo tu entrada al blog y reconozco un perfil que a veces se da entre los licenciados de bellas artes... especialmente entre los más comprometidos.
    Creo que habitualmente los que más trabajan durante la licenciatura y más se preocupan por leer lo que se supone que hay que comprender para ser universitario resulta que entran en el máster de formación del profesorado con este desasosiego que describes y que voy a llamar el síndrome de El Maestro Ignorante.
    Sucede que durante la carrera de bellas artes, que se puede aprobar prácticamente sin haber abierto un libro, el que decide que quiere aprender “lo más de lo más” se enfrasca en lecturas como la que menciono más arriba de Rancière sobre el profesor Jacotot; y es más, se las cree.
    Cuando al estudiante de bellas artes de pronto se encuentra con que tiene que convivir, o cuidar, o simplemente tener relación con un niño o una persona no adulta y que como tal, se encuentra en una situación de mayor fragilidad, resulta que nada de lo que dice Rancière cabe ya ahí.
    Un niño y un adolescente siempre están en situación de vulnerabilidad con respecto a un adulto, y creo que eso debería ser motivo suficiente para relativizar cualquier discurso que proponga estrategias contrarias ( digo contrarias y no otra palabra) a esquemas básicos que responden a la responsabilidad moral de proteger al que evidentemente es más vulnerable.
    No sé si me explico.
    Quiero decir que quizá, la clave para que el docente no se desoriente por completo sea más… no sé cómo decirlo... ¿más intuitiva? ¿más afectiva? ¿más animal? no encuentro la palabra, perdona, pero esa palabra que no encuentro tiene que ver con una responsabilidad muy básica del profesor, que consiste en encauzar al alumno hacia la salud, la integridad, etc.

    Aquí dejo un enlace a una entrevista a Rancière sobre El Maestro Ignorante. Me ha sorprendido encontrar este libro como cabecera de algunas webs sobre educación... Puede que en un arrebato vengativo lo hayan colgado los hijos de Rancière ...

    http://clionauta.wordpress.com/2008/05/30/entrevista-a-jacques-ranciere-el-maestro-ignorante/

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