lunes, 7 de noviembre de 2011

Cuestión de distancia: salir de las cosas


Por María Gómez.

Constantemente se requiere de nosotros que estemos informados y tengamos juicio crítico.
Es comprensible e inevitable que algo así se espere de personas que van a ejercer la docencia y caracterice a los que ya dedican su tiempo a ella. Además la sensación de tener la capacidad de hacerlo, y de no dejar nunca de aprender, es de lo más gratificante.
Sin embargo creo que esta actitud crítica que nos mantiene en constante tensión y suspicacia ante cualquier acontecimiento -haciéndonos estar especialmente atentos a todo lo que ocurra para estar  informados siempre- resulta también agotadora.  Es más, creo que la fatiga que provoca dicha actitud a veces es tal, que puede convertirse en un impedimento para desarrollar verdadero pensamiento crítico.
Ciertamente para hablar sobre algo debemos conocerlo, estar informados de ello o, incluso, estar en ello. Pero mi experiencia me lleva a pensar que un excesivo contacto con las cosas nos impide reflexionar sobre ellas.  Y en definitiva creo que, para poder hacer crítica de algo no basta con conocerlo, sino que también hay que saber alejarse.
Esto, si bien parece una obviedad, se descuida mucho en el contexto educativo, donde la mayor importancia recae sobre el hecho de estar informados y ser  críticos con la información  y no tanto en el manejo que hacemos de ella, ni en la manera en que somos críticos.
Creo que una consecuencia derivada de esto es la pérdida de relevancia de la capacidad de autocrítica, aspecto que debiera ser fundamental en el proceso formativo. Y es que el hecho de sabernos capaces de hacer crítica de algo –lo  que además a menudo supone una  simple reducción de la cosa a su contrario- suele bastar para satisfacer nuestro ego. De este modo, la habilidad para formular juicios con rapidez compensa  a la falta de crítica que hacemos sobre nosotros mismos.
Poder pasar de un tema a otro siendo capaces de opinar sobre todos ellos parece ser síntoma de buena salud social, y causa de integración y reconocimiento. Sin embargo tener opinión sobre algo no es lo mismo que hacer crítica de ello puesto que no conlleva la profundidad analítica de la reflexión.
Por ello hago hincapié en este asunto de las distancias. Hay que estar en las cosas, informarse de ellas, bañarse en sus aguas… Pero todo esto no supone grandes dificultades en una época en la que el acceso a la información no es un problema. Así que el reto está en otra parte: en saber salir de ella, en volver al origen, en decir basta.
Hay momentos en los que salir de ese maremágnum de los datos –no solo para poner en orden las ideas, sino para descansar de la sobreexposición que causa el estar imbuido en ellos y sumergidos en la realidad- es tan necesario como placentero. Pero no se trata de escapismo, ni entiendo este salir de la realidad como voluntad de ataraxia.
Más bien sugiero que nos curemos de realidades, objetividades, verdades, generalidades y juicios apagando un día la televisión, dando un paseo por el campo, desconectando el ordenador, escuchando una bonita sonata o simplemente entregándonos al placer  de la comida o el sueño. Dejémonos mecer por el devenir de lo más sencillo, porque de la emoción también emana conocimiento. Quizá más inasible y más sutil, pero también necesario e integrante de todo juicio, al menos en la medida en que  éste habla de nosotros y por nosotros mismos.
Así quizá podamos proponer de paso que, desde la enseñanza de la educación artística, se retome este camino como vía de conocimiento…

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